Si los padres gustan del deporte tienen grandes oportunidades de comunicación y amistad con los hijos, los cuales les servirán para enseñarle a enjuiciar críticamente las cosas. A enseñarle, sin lecciones magistrales; a valorar el mérito del entrenamiento diario, repetitivo, monótono; la necesidad de privaciones para mantenerse en forma y la gran satisfacción que logra triunfando gracias a esos sacrificios.
Los padres, además, son los ejes a partir de los cuales se reúne la familia. Por ello, hablar en la sobremesa con los hijos de los temas que le interesan, incluidos los deportivos; practicar deportes juntos, ganando y perdiendo sin alterarse; o jugar con alegría y respeto con los hijos, amigos y los hijos de los amigos crea una atmósfera muy idónea de afectos, propicia para que las relaciones entre padres e hijos mejoren.
Para que todo esto sea realidad no se necesita un gran estadio bien equipado ni un club sofisticado. El campo de juego familiar puede improvisarse en cualquier parte. El juego podrá ser cualquiera siempre y cuando participe toda la familia, aunque unos lo hagan animando y apoyando únicamente.
Los padres que facilitan el deporte de sus hijos les ayudan a llevar una vida más sana, a fomentar la amistad, a trabajar en equipo, a emplear sanamente el tiempo libre, a descansar y a cuidar de su salud. Y, además, les enseñan con su ejemplo, cómo mantener unida a la familia y cómo convivir y gozar alegremente con los hijos.