La anorexia en el lactante pequeño suele ser de causa orgánica, predominando las infecciones.Por tanto, el rechazo de la comida del niño pequeño sólo raras veces revela algún conflicto en su relación con la madre. En las enfermedades febriles la inapetencia suele acompañar a la fiebre. En las gastroenteritis, el niño se muestra negativo para la ingestión de alimentos mientras dura la enfermedad.
Cuanto mayor es el bebé, las causas funcionales son más frecuentes. Para casi todos los padres el niño que come poco y sin ganas representa una gran contrariedad. Parece como si el pequeño, al rechazar la papilla preparada con tanto amor y cuidado, también rechazará a la madre y/o padre.
"¡Mi niño no come!", dicen despechados o alarmados, como si el niño les estuviese jugando una mala pasada.
El niño, que durante 9 meses de gestación ha gozado de bienestar y equilibrio perfecto entre sí mismo y el espacio interior de la madre, tras el nacimiento, debe adaptarse a un ambiente nuevo temporalmente hostil.
Para tranquilizarse, quiere sentirse unido a la madre igual que antes, teniéndola siempre a su lado. Para el lactante la comida no es simplemente nutrición, también tiene un profundo significado afectivo.
Desde sus primeros días de vida, mientras es amamantado o chupa la leche del biberón, el niño establece con la madre una profunda relación. Da y recibe amor a través del contacto físico y psicológico establecido con ella.
La madre querría estar en condiciones de dárselo todo, pero no debe dejarse poseer totalmente y debe fijar algunos límites al deseo exclusivista -y a veces tiránico- de su hijo.
Esta recuperación de sí misma a veces puede crear en la madre un sentimiento de culpabilidad. Está ansiosa y tensa e incluso pierde las cualidades indispensables en una madre: la calma y la serenidad.
Si el niño, que es muy sensible a los estados anímicos de la madre, percibe su ansiedad, se sentirá confuso e inseguro, se volverá a su vez ansioso y manifestará su ansiedad rechazando el pecho o el biberón, incluso tragando aire. Ante estas reacciones la madre se preocupa, creándose así un círculo vicioso del que le será difícil escapar.
Normalmente, los bebés comen bien. Algunos comen más que otros, pero lo importante es que la cantidad que tome cada niño sea suficiente, lo que se va a reflejar en el peso.
En los primeros meses de la vida los incrementos de peso son bastante fijos y regulares. Llegados los 14-16 meses, el apetito baja sensiblemente ya que la aceleración del crecimiento disminuye y, por tanto, también las necesidades energéticas.
Además, a esta edad el niño ya es capaz de desplazarse caminando y descubre así un fantástico y excitante mundo a explorar que le hace cambiar su escala de valores, por lo que la comida pasa a segundo término.
Posteriormente, el tener buen o mal apetito depende de los hábitos y constitución del niño. Debemos intentar que coma con los miembros de la casa, de forma relajada y distendida. Sentirse integrado en la familia, darse cuenta de que todos escuchan y contestan a sus peroratas reforzará su autoestima.