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Anorexia en el lactante
La anorexia en el lactante puede ser de causa orgánica o funcional. El conocimiento de los tipos de rechazo a la comida en esta etapa de vida del bebé y del comportamiento que deben tener los padres facilita la actitud ante este problema.

1. Causas 
2. Casos especiales 
3. El papel de los padres 
4. Tipos de rechazo 
 
  1. Causas
 
La anorexia en el lactante pequeño suele ser de causa orgánica, predominando las infecciones.Por tanto, el rechazo de la comida del niño pequeño sólo raras veces revela algún conflicto en su relación con la madre.

En las enfermedades febriles la inapetencia suele acompañar a la fiebre. En las gastroenteritis, el niño se muestra negativo para la ingestión de alimentos mientras dura la enfermedad.

Cuanto mayor es el bebé, las causas funcionales son más frecuentes. Para casi todos los padres el niño que come poco y sin ganas representa una gran contrariedad. Parece como si el pequeño, al rechazar la papilla preparada con tanto amor y cuidado, también rechazará a la madre y/o padre.

"¡Mi niño no come!", dicen despechados o alarmados, como si el niño les estuviese jugando una mala pasada.

El niño, que durante 9 meses de gestación ha gozado de bienestar y equilibrio perfecto entre sí mismo y el espacio interior de la madre, tras el nacimiento, debe adaptarse a un ambiente nuevo temporalmente hostil.

Para tranquilizarse, quiere sentirse unido a la madre igual que antes, teniéndola siempre a su lado. Para el lactante la comida no es simplemente nutrición, también tiene un profundo significado afectivo.

Desde sus primeros días de vida, mientras es amamantado o chupa la leche del biberón, el niño establece con la madre una profunda relación. Da y recibe amor a través del contacto físico y psicológico establecido con ella.

La madre querría estar en condiciones de dárselo todo, pero no debe dejarse poseer totalmente y debe fijar algunos límites al deseo exclusivista -y a veces tiránico- de su hijo.

Esta recuperación de sí misma a veces puede crear en la madre un sentimiento de culpabilidad. Está ansiosa y tensa e incluso pierde las cualidades indispensables en una madre: la calma y la serenidad.

Si el niño, que es muy sensible a los estados anímicos de la madre, percibe su ansiedad, se sentirá confuso e inseguro, se volverá a su vez ansioso y manifestará su ansiedad rechazando el pecho o el biberón, incluso tragando aire. Ante estas reacciones la madre se preocupa, creándose así un círculo vicioso del que le será difícil escapar.

Normalmente, los bebés comen bien. Algunos comen más que otros, pero lo importante es que la cantidad que tome cada niño sea suficiente, lo que se va a reflejar en el peso.

En los primeros meses de la vida los incrementos de peso son bastante fijos y regulares. Llegados los 14-16 meses, el apetito baja sensiblemente ya que la aceleración del crecimiento disminuye y, por tanto, también las necesidades energéticas.

Además, a esta edad el niño ya es capaz de desplazarse caminando y descubre así un fantástico y excitante mundo a explorar que le hace cambiar su escala de valores, por lo que la comida pasa a segundo término.

Posteriormente, el tener buen o mal apetito depende de los hábitos y constitución del niño. Debemos intentar que coma con los miembros de la casa, de forma relajada y distendida. Sentirse integrado en la familia, darse cuenta de que todos escuchan y contestan a sus peroratas reforzará su autoestima.


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  2. Casos especiales
 
Caso especial es el de los llamados "lactantes neuropáticos", bebés que van a mostrar dificultades en el amamantamiento y en el reflejo de succión desde el primer mes de vida, con continuas interrupciones de la tetada por llanto sin motivo aparente, eructos, regurgitaciones, y reflejo gastrocólico exaltado.

Estos niños tienen una mirada vivaz e inquieta y con el llanto suelen llevar la cabeza hacia atrás en hiperextensión.


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  3. El papel de los padres
 
Errores dietéticos durante los primeros meses de la vida también pueden conducir a una anorexia pertinaz.

A veces, tras el destete, la modificación de la consistencia y sabor de los alimentos, así como la introducción de la fruta, verduras o papillas, son motivo de nuevas dificultades, comenzando de nuevo la resistencia del niño a la alimentación.

Además, el niño también puede manifestar cierto malestar por la interrupción de la relación íntima que durante la lactancia mantenía con la madre. La pérdida de apetito también se ha observado en niños con abandono físico por carencia afectiva y privación emocional.

Los padres no deben preocuparse demasiado por la cantidad de comida que ingieren sus hijos. No debe existir motivo de preocupación si el niño, a pesar de su aparente desgana, se manifiesta normalmente despierto, vivaz, y activo fuera de horas de comida.

Si el niño no pierde peso y su aspecto es saludable, la postura más sabia es tomar las cosas con tranquilidad y dejarle en paz, pero sobre todo no hacer de la comida el parámetro o la medida para valorar la actitud general de niño, ni hacer que el momento de la comida sea un tiempo de "confrontación o enfrentamiento".

Si persiste el enfrentamiento, los mecanismos de rechazo pueden reforzarse por ambas partes y lo que inicialmente era un rechazo de un tipo determinado de alimento, se puede generalizar. La ansiedad de muchos padres es determinante en la persistencia de una falta de apetito en sus hijos.


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  4. Tipos de rechazo
 
Hay dos tipos de niños:

- Los que hacen un "rechazo activo" (llanto, desvío de la boca al intentar aproximar el biberón o la cuchara, escupen el alimento o lo expulsan inconscientemente y vomitan si se les obliga a tragarlo)

- Y los que manifiestan un "rechazo pasivo" (permanecen quietos, dejan que introduzcan el alimento en su boca, sin tragarlo, y posteriormente cuando ya está llena entreabren la boca lo expulsan), consecuencia de un trastorno reactivo más marcado.

Dra. Dª. Cristina Campoy Folgoso

Departamento de Pediatría

Universidad de Granada


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