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El control de la ira
La ira es un sentimiento que aflora con frecuencia en algunas personas. El problema surge cuando no se sabe controlar o no se ponen los medios para reducirlo en intensidad y frecuencia. Es importante saber porqué surge y los beneficios que podemos obtener si conseguimos dominarla. ¿Cómo se puede controlar?

1. ¿Qué es la ira? 
2. ¿Por qué surge la ira? 
3. ¿Cómo controlarla? 
4. Beneficios del control de la ira 
 
  1. ¿Qué es la ira?
 
La ira no controlada destruye nuestra convivencia  con la familia y los compañeros.

La ira es una emoción que puede ser muy destructiva si no se controla. Si no la dominamos se convertirá en un gran obstáculo en nuestra vida, perjudicándonos seriamente en nuestro ámbito personal, familiar, social y laboral.

Cada persona y en cada situación se experimenta de forma diferente. Variará en intensidad y frecuencia, pudiendo empezar con una irritación leve, para acabar en una gran cólera y sufrirla con tanta frecuencia que podríamos hablar de ira crónica.

Aunque es una emoción natural, es fundamental que se controle para que no acabe en ninguna de las diversas formas violentas que puede adoptar tales como gritos, violencia, amenazas, ofensas, respuestas cortantes, venganza...

En momentos de auténtica ira lo más probable es que no consigamos respetar a las personas que tenemos a nuestro alrededor ni tampoco a aquellas por quienes sentimos un gran afecto o queremos.


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  2. ¿Por qué surge la ira?
 

Surge como consecuencia del miedo, la inseguridad, la envidia, los celos, de no saber cómo actuar, etc.

Igualmente surge cuando no podemos controlar una determinada situación o no podemos controlar las acciones de los demás, o bien cuando no aceptamos determinados hechos o nos molesta la forma de actuar de quienes nos rodean.

Los problemas personales y los recuerdos de hechos traumáticos o situaciones que nos hicieron enfadar también pueden desencadenar este tipo de emociones.

Nos sentimos frustrados y esa frustración deriva en rabia, en cólera.

Tendemos a culpar a los demás o a las circunstancias de nuestros impulsos de ira. Con frecuencia utilizamos frases como "me sacas de quicio", "me pone a cien" culpamos al otro cuando nuestras actitudes sólo dependen de nosotros mismos.

Con este tipo de pensamientos tan sólo lograremos excitarnos y enojarnos aún más. No obstante, hemos de tener en cuenta que nuestro estado anímico y físico también influye notablemente. El cansancio, las prisas, la falta de tiempo, los ruidos fuertes o el estrés nos hacen estar más susceptibles.


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  3. ¿Cómo controlarla?
 

Tanto la ira como la calma se aprenden. Por tanto, para conseguir el control de la ira es necesario aprender y practicar determinadas habilidades que nos ayudarán a conseguirlo.

En primer lugar, tenemos que asumir nuestra responsabilidad cuando nos exaltamos y hacernos responsables de nuestras propias conductas.

Saber de dónde procede, aceptarlo y comprendernos es fundamental para poder controlarla. Debemos saber dar respuesta a la pregunta porqué nos sentimos tan irritados ante una determinada persona o situación y tener en cuenta que nosotros no podemos hacer que cambie la forma de ser, de pensar y actuar de los demás, no podemos modificar sus conductas. Saber que no podremos evitar esas situaciones o a esas personas que nos irritan, por lo que sería más inteligente por nuestra parte asumirlo.

No podemos expresar los sentimientos de enfado de un modo agresivo, sino de forma asertiva. Para ello, es necesario tener claro cuáles son nuestras necesidades y cómo satisfacerlas sin ocasionar daño a los demás.

Ser asertivo es ser respetuoso, sin arremeter contra los demás. Evitar pensamientos que puedan exaltarnos y que dan lugar a la excitación, tales como "a mí nadie me hace esto", "tú no eres quien para decirme a mí lo que tengo que hacer".

Aprender a calmarse y a controlar nuestras propias reacciones. Detectar los primeros indicios de la ira, tales como respiración agitada, ceño fruncido, labios apretados, ojos muy abiertos o muy cerrados, puños fuertemente cerrados, y alejarnos con prontitud de la situación que nos hace enfurecer.

Practicar técnicas de distracción como pensar en otra cosa. Si es preciso debemos contar hasta diez y no hablar hasta que nos hallamos calmado. En definitiva, se trata de transformar la ira o redirigirla, reprimiendo la rabia que sentimos en ese momento y teniendo pensamientos más positivos que nos permitan tener un comportamiento más constructivo.

En caso extremo debemos solicitar ayuda de profesionales.


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  4. Beneficios del control de la ira
 

Cuando conseguimos controlar la ira crónica obtenemos grandes beneficios. Entre ellos destacamos los siguientes:

- Recuperaremos relaciones que hemos perdido o que han sufrido algún deterioro en el pasado debido a nuestros impulsos de ira no controlados.

- Conseguiremos canalizar la ira de manera efectiva. En lugar de exaltarnos, sabremos controlarla utilizando los medios que hemos aprendido para evitar explotar ante esa situación y conseguir el dominio de la misma, tendremos más control de nuestros actos.

- Progresivamente conseguiremos reducirla en frecuencia e intensidad, lo que nos aportará grandes beneficios para nuestra salud. Numerosos estudios demuestran cómo la ira perjudica a la salud, contribuyendo al desarrollo de trastornos digestivos, enfermedades cardiacas, cefaleas, hipertensión, erupciones...

- Comparemos una situación en la que hemos podido controlar el impulso de ira y otra situación en la que no hemos podido controlarla. En esta última situación cuando se ha pasado el momento de cólera, sentimos rápidamente vergüenza y pesar, aunque nadie nos recrimine nuestra actitud. La ira nos hace perder el control de la situación y actuar con torpeza.


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Dª. Trinidad Aparicio Pérez

Psicóloga. Especialista en infancia y adolescencia.

Granada.

 



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