Nos sentimos más vivos cuando nos rodeamos de otras personas y contamos con su apoyo emocional.
No hay plenitud sin la relación con los otros, y de ellos buscamos la aprobación, la cooperación, la amistad o el amor como antídotos contra una posible soledad.
Unos hechos que también evidencian que se nos hace difícil entender cómo el disfrute de la soledad, en vez del rechazo hacia ella, es un reto que conlleva la satisfacción de conocernos mucho mejor.
Quienes sacan provecho de su única compañía rara vez se aburren, y no necesitan de un ambiente externo favorable para pasarlo bien, ya que han superado la prueba de la soledad.
De esta forma aprenden a gozar de los demás tanto como de sí mismos, y a estar solos sin sentirse perdidos en el mundo.
La solución consiste en vivir la soledad como una experiencia positiva y equivale a estar satisfecho con uno mismo; a disfrutar de los momentos de nuestra única y exclusiva compañía y tratar de comprender con curiosidad y paciencia nuestro propio mundo interior, pues está lleno de sensaciones, miedos, esperanzas... que ni siquiera hemos empezado a descubrir.
Piensa en todas esas actividades que te han gustado siempre, todos tenemos un montón de actividades en reserva esperando a tener tiempo para poder realizarlas.
Sin embargo, cuando llega el momento y podemos disfrutar de ese instante de soledad nos parece que no somos capaces de hacer nada solos.
No malgastes estos instantes sin hacer nada, pues en soledad pueden hacerse muchas cosas.
Empieza a utilizar tu mente de manera creativa, ocupándola en pensamientos estimulantes: escribir un diario, una carta, leer, meditar...
No te maltrates con pensamientos, sentimientos y actuaciones de autodesprecio.
Descubre todo lo bueno que hay en ti y felicítate por ello las veces que sea necesario.