Los infartos cerebrales dificultan la capacidad de la persona para valerse por sí misma y son una de las causas más frecuentes e importantes de incapacidad y depresión. La buena noticia es que podemos prevenirlos.
El cerebro es un órgano que depende del oxígeno y la glucosa que le aporta la sangre.
Unos minutos sin riego son suficientes para producir la muerte de las neuronas y, como consecuencia, lesiones irreversibles.
La sangre llega al cerebro por las arterias carótidas (a ambos lados del cuello) y por la basilar (a través de los huesos del cuello).
En las personas hipertensas, diabéticas, fumadoras, con el colesterol muy elevado o con enfermedades cardiacas, puede suceder que se forme un trombo o un émbolo que corte bruscamente el paso de sangre a alguna región del cerebro (una trombosis o una embolia).
Si la obstrucción se mantiene unos minutos, se produce un daño irreversible, con muerte de las neuronas (unas células que no pueden dividirse, por lo que no pueden ser sustituidas, sólo suplidas por algunas neuronas cercanas que sigan vivas, si las hay).
Como consecuencia, se pierde la función cerebral que hacían las neuronas muertas.
Hay distintos tipos, pero lo más frecuente es el infarto o la isquemia (falta de riego) cerebral que se produce por un trombo (que ocluye una arteria del cerebro afectada de arteriosclerosis) o un émbolo (trombo que se desprende de un vaso lejano y por la circulación sanguínea llega al cerebro donde atasca un vaso).
Algunas veces el ictus se debe a una hemorragia (un vaso sanguíneo se rompe dentro del cerebro).
En la mayoría de los casos el ictus aparece de forma brusca. En algunos casos el riego se recupera en pocos minutos, y no quedan secuelas: se habla entonces de accidente isquémico transitorio (AIT o TIA, por sus siglas en inglés).
En otros casos el ictus es permanente y deja secuelas neurológicas más o menos graves.
Los síntomas dependen de la arteria afectada y son muy variados. En el accidente isquémico transitorio la persona afectada sufre bruscamente problemas para hablar, ver o mover algún miembro durante un periodo corto de tiempo (menos de 24 horas en todo caso) y luego se recupera espontáneamente.
Esta entidad es un aviso de que hay un altísimo riesgo de sufrir un ictus grave en los siguientes días. Hay que tomarla en serio y acudir al médico para que busque la razón e inicie un tratamiento que reduzca el riesgo.
En el ictus, la manifestación más típica es la hemiplejía o parálisis de una mitad del cuerpo (normalmente la del lado contrario de la lesión cerebral), afectándose muchas veces también la capacidad de hablar o entender el lenguaje, aunque la variabilidad de los síntomas es enorme por la gran riqueza del cerebro.
El tratamiento del ictus es aún muy imperfecto. Generalmente, el enfermo con un ictus debe ingresar, al menos los primeros dos o tres días, en un hospital.
Se están estudiando medicamentos para disolver el trombo o el émbolo, y alguno de los fármacos estudiados parece conseguirlo, aunque aún no es un tratamiento estándar.
La edad no es una contraindicación para la hospitalización o el tratamiento, hay que valorar de forma individual a cada persona.
En la fase aguda, el tratamiento inicial es de soporte. Esto quiere decir que hay que procurar mantener la alimentación, la hidratación y evitar ulceras, infecciones u otras complicaciones.
Además, es preciso buscar la causa e intentar prevenir nuevos ictus, si es posible.
Después queda un largo tiempo de rehabilitación para conseguir recuperar el máximo de independencia.
Cada ictus evoluciona de forma diferente. En algunos casos se recupera al cabo de días, semanas o meses la situación previa, y en otros casos no se consigue ninguna mejoría en absoluto de los síntomas.
En todo caso, siempre debe intentarse desde muy pronto la rehabilitación activa y pasiva de las deficiencias neurológicas causadas por el infarto.
La recuperación depende tanto de la gravedad del problema como de la personalidad y el nivel socioeconómico del enfermo. Una persona deprimida o sin apoyo económico o familiar difícilmente se podrá recuperar.
Cuando la recuperación completa es imposible, deben buscarse las formas de adaptación a la incapacidad para recuperar la mayor parte de las funciones que se hacían antes del infarto cerebral.
El ictus es una enfermedad cuya frecuencia en los últimos años no solo no está bajando, sino que tiende a aumentar, y afecta con frecuencia preocupante a las personas mayores.
Es una de las principales y más temidas causas de invalidez. La buena noticia es que es una enfermedad prevenible.
Además, los mecanismos de prevención son los mismos que los del infarto de miocardio, por lo que se previenen varias enfermedades graves con las mismas medidas.
La prevención consiste en evitar o tratar lo mejor posible los llamados "factores de riesgo cardiovascular".
Una de las acciones preventivas más importante es dejar de fumar, ya que los fumadores se ponen a sí mismos en un altísimo riesgo de sufrir ictus. Además hay que controlar la hipertensión arterial, la diabetes y el aumento de colesterol.
También es preciso tratar las enfermedades cardiacas valvulares y aquellas que producen arritmias, porque las arritmias favorecen que se suelten émbolos del corazón hacia el cerebro.
Muchas veces se necesita dar de forma crónica un tratamiento anticoagulante.
Dra. Dª. Marina Carpena
Licenciada en Medicina y Cirugía
Puleva Salud
Fecha de creación: 02/01/2001 10:08:56 Última actualización: 28/05/2008 16:05
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